No hace falta ser un experto ni disponer de un gran presupuesto para empezar una colección de arte. Basta con sentir curiosidad, aprender a mirar y dar los primeros pasos con un poco de información y sentido común.
Hay artistas que necesitan transformar por completo un material para convertirlo en una obra de arte. Hirotoshi Ito, en cambio, parece preferir escuchar lo que la piedra tiene que contarle. Después interviene, modifica algún detalle y sucede algo extraordinario: aquello que parecía inerte comienza a sugerir una historia, un gesto o una situación que nuestra imaginación reconoce inmediatamente, aunque sepamos que resulta imposible.
Este escultor japonés ha desarrollado un lenguaje muy personal a partir de la piedra, un material que tradicionalmente asociamos con la dureza, el peso y la permanencia. En sus manos, sin embargo, las rocas parecen abrirse como pequeños bolsos, mostrar una sonrisa llena de dientes, revelar objetos inesperados o adquirir la apariencia de telas, prendas de vestir y alimentos. El resultado oscila entre la ilusión, el humor y el desconcierto.
Recuerdo que, hace unos días, mientras navegaba por la red, me encontré con el trabajo del artista contemporáneo Antonio Camba, del que ya conocí su obra digital a finales de los 90 (estaba muy de moda en aquel momento incluso recuerdo que había quien decía que sería uno de los grandes artistas españoles para el futuro), pero le había perdido la pista. Pensé que ya habría dejado de crear, pero todo lo contrario. Sigue sorprendiendo.
No solo por sus nuevos cuadros —grandes lienzos blancos con una pequeña explosión de color en el centro, como una semilla a punto de germinar— sino por la historia que había detrás de ellos. Una historia que, en mi opinión, merece ser contada.
Me puse a investigar y descubrí que Antonio Camba, con más de 30 años de trayectoria, ha sido testigo y protagonista de la evolución del arte en las últimas décadas. Y lo más fascinante: empezó en el arte digital cuando internet era solo un rumor.
